Burnout: cinco claves cotidianas para empezar a recuperar el cuerpo y la cabeza después del agotamiento laboral
La nutricionista naturópata Jessica Shand, autora de The Hormone Balance Handbook, explica cómo el estrés sostenido altera el cortisol y propone hábitos simples para empezar a sentirse mejor sin reemplazar la consulta médica.
Lo que le pasó a Carla, docente secundaria de 47 años, resume lo que vive una porción creciente de trabajadores argentinos: llevaba meses durmiendo mal, levantándose más cansada de lo que se acostaba y sin entender por qué un fin de semana largo ya no le alcanzaba para reponerse. Como ella, miles de personas llegan a la consulta descreídas de que un buen descanso les devuelva la energía, y la respuesta, según la nutricionista naturópata Jessica Shand, autora de The Hormone Balance Handbook, hay que buscarla en las hormonas y no solo en la almohada.
El Ministerio de Salud de la Nación reconoce al burnout como un fenómeno vinculado a condiciones laborales que combinan exigencias excesivas con escaso margen de decisión, y lo asocia a cuadros de fatiga física y emocional sostenida. Shand lo explica desde lo fisiológico: la exposición prolongada al estrés activa de forma sostenida la producción de cortisol, la hormona de la alerta. Cuando ese interruptor queda encendido durante semanas o meses, el organismo prioriza los mecanismos de supervivencia y relega funciones básicas como la digestión, el descanso reparador y el equilibrio del ánimo. El resultado es cansancio continuo, irritabilidad, dificultad para concentrarse y la sensación de no recuperarse ni después de unas vacaciones.
Cinco hábitos que se pueden empezar a probar esta misma semana
- Sostener una alimentación regular que combine proteínas completas, grasas saludables y carbohidratos complejos, para evitar los picos de glucosa que profundizan la irritabilidad y la falta de concentración durante los episodios de fatiga.
- Cuidar la calidad del sueño con una rutina previa a acostarse, por ejemplo un baño con sales de magnesio, una infusión sin cafeína o unos minutos de escritura, y mantener horarios estables de subida y bajada de la cama.
- Incluir plantas asociadas a la relajación como manzanilla, lavanda, toronjil o pasiflora dentro de una rutina nocturna, siempre como complemento y no como sustituto de un tratamiento.
- Evaluar con un profesional el uso de adaptógenos como la albahaca sagrada o la ashwagandha, sustancias pensadas para mejorar la tolerancia al estrés, sobre todo si hay embarazo, lactancia, enfermedades preexistentes o medicación.
- Aprender a leer los propios ciclos de energía, registrando en qué momentos del día rinde más y cuáles se vuelven cuesta arriba, y ajustar la agenda laboral en función de esa observación.
Shand aclara que ninguna de estas recomendaciones reemplaza la consulta médica, sobre todo cuando los síntomas se sostienen en el tiempo o se acompañan de ansiedad, tristeza profunda o problemas para dormir que no ceden. Lo que sí propone es empezar por lo cotidiano, porque el agotamiento rara vez se resuelve solo y, en general, la recuperación llega de a pequeños cambios sostenidos más que de un gran giro de un día para el otro. Desde casa, la primera decisión concreta puede ser tan simple como volver a comer a horarios, acostarse a la misma hora y dejar por unas semanas los ultraprocesados que, según la especialista, agravan la sensación de desgaste y conspiran contra cualquier intento de descanso.
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