Cómo un locutor con la lengua trabada terminó bautizando a una dinastía del espectáculo argentino
Toto Kirzner reconstruyó el origen del apellido Suar, que nació como un parche fonético cuando nadie en la radio podía pronunciar a su abuelo, el cantante lírico Leibele Schwartz. También explicó por qué él eligió seguir siendo Kirzner.
A veces los grandes apellidos del espectáculo argentino no nacen de una decisión artística ni de un cálculo de marketing, sino de algo mucho más simple y bastante más humano: un locutor que no puede con una palabra. Esa es, al menos, la historia del nombre Suar, tal como la contó Toto Kirzner, que estos días volvió a hablar de la herencia familiar que cargó su padre y de por qué él decidió no sumarle el peso.
Un nombre que nadie podía decir
El punto de partida es Leibele Schwartz, cantante lírico de origen judío que construyó su carrera a caballo entre Estados Unidos y la Argentina. Para un cantante de ópera, la fonética no es un detalle menor: es la herramienta de trabajo. Pero cuando Schwartz pisaba un estudio de radio, sus interlocutores chocaban una y otra vez con la misma pared. Leibele Schwartz les resultaba impronunciable, por más ensayada que fuera la articulación.
Para salir del paso, los locutores empezaron a apelar a una solución improvisada: Leo Suárez. Era una traducción aproximada, más amigable para el oído y, sobre todo, más fácil de redondear en una presentación al aire. Con el tiempo, ese atajo fue sufriendo un desgaste natural, como les pasa a las palabras que se repiten miles de veces en la radio. La “z” se fue apagando, la “árez” se fue estirando, y lo que quedó fue algo más corto y liviano: Leo Suar.
“Cuando él iba a la radio le decían Leo Suárez, no les salía Leibele Schwartz ni en pedo. Entonces, era todo Leo Suárez y terminó siendo Leo Suar.”Toto Kirzner
Lejos de pelearse con ese apodo de circunstancias, el cantante lo evaluó con pragmatismo. La versión modificada sonaba más llevadera para el público y para los presentadores, y además tenía una ventaja extra: era más simple de recordar. Así, lo que había empezado como un parche operativo se terminó convirtiendo en la identidad artística con la que Schwartz construyó buena parte de su carrera.
De la radio al escenario: la decisión de Toto
Décadas más tarde, cuando Toto Kirzner empezó a dar sus primeros pasos en televisión y teatro, se topó con un espejo de esa historia. Su padre le planteó directamente la posibilidad de usar el Suar como apellido artístico, una especie de pase automático hacia un nombre con peso propio en el medio. Lo que le planteó, incluso, fue cómo sonaría la combinación completa.
“Mi viejo en un momento me decía: 'Toto Suar nos queda mal'.”Toto Kirzner
Lo que para el padre había sido una oportunidad de continuidad, para el hijo se transformó en una pregunta de identidad. Kirzner lo resolvió de manera bastante directa: prefirió mantener el apellido que figura en su documento y construir su propio camino con esa base. La explicación que dio al recordarlo fue tan clara como despojada de vueltas retóricas.
“No me siento cómodo. Usemos nuestro apellido. ¿Para qué carajo lo tengo, si no?”Toto Kirzner
El árbol genealógico detrás de Suar
La historia que cuenta Kirzner ilumina una saga familiar con varias décadas de presencia en el espectáculo argentino. Leibele Schwartz dejó una huella amplia antes de su fallecimiento, el 11 de julio de 1992, a los 59 años. A lo largo de su carrera llegó a grabar más de 30 álbumes, actuó junto a la Orquesta Sinfónica de Filadelfia, la Sinfónica de Israel y la Sinfónica Nacional Argentina, y se desempeñó también como actor y jazan, es decir, como cantor litúrgico en sinagogas. Su esposa, la actriz Lilian Keller, murió el 30 de septiembre de 2020 a los 74 años, tras un accidente cerebrovascular.
Mirando la historia en conjunto, queda una pregunta que no es menor y que va más allá de los Kirzner o los Suar. En el mundo del espectáculo, donde un nombre puede abrir puertas o cerrarlas, la decisión de sostener el apellido propio o tomar uno prestado suele discutirse en clave de estrategia. Pero lo que cuenta esta familia es algo distinto: hubo un cambio de nombre que empezó casi sin querer, una aceptación pragmática del padre y, varias generaciones después, un hijo que miró hacia otro lado y prefirió cargar con el nombre que le tocó en la mesa familiar. ¿Y eso para qué sirve? Para recordar que, en una industria obsesionada con las marcas personales, todavía hay quienes eligen empezar por lo que llevan puesto desde siempre.
Por Josefina Riveros, Ciencia y universidad
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