Cuando el aula se vuelve la primera guardia: la salud mental de chicos y adolescentes que el sistema no logra contener
Síntomas que se multiplican, profesionales que faltan y circuitos que fragmentan el cuidado: cómo la violencia, las pantallas y los aprendizajes que no llegan dibujan un mapa crítico que empieza en la escuela y termina, muchas veces, en la guardia.
A Mauro lo notaron en tercer grado. No era el chico silencioso de siempre, sino otro distinto: se dormía en el aula con la cabeza sobre el cuaderno, se agarraba a trompadas con cualquiera y volvía a casa con marcas en los brazos que tapaba con mangas largas. Cuando su maestra, a la que llamaremos Laura, convocó a la familia y pidió apoyo al equipo de orientación del colegio, empezó una cadena de llamadas, derivaciones y esperas que, todavía hoy, no terminó de cerrarse. La historia de Mauro se repite, con otros nombres y otras edades, en escuelas, consultorios y guardias de todo el país, y permite entender por qué la salud mental de niñas, niños y adolescentes se volvió una de las urgencias más visibles y, al mismo tiempo, menos atendidas.
De acuerdo con la información relevada, en consultorios, guardias hospitalarias y aulas se repite un patrón: chicos que no pueden dormir, que dejaron de comer o comen de manera compulsiva, que se aíslan, que se lastiman o que expresan que no quieren seguir viviendo. Detrás de cada uno de esos síntomas hay una historia que, en muchos casos, tardó años en encontrar a alguien dispuesto a escucharla. Esa demora no es un detalle menor: mientras el sistema tarda en llegar, los síntomas se consolidan y el sufrimiento se cronifica.
Violencia, pantallas y aprendizaje: tres capas que se superponen
La violencia aparece como una de las claves para entender el cuadro. Las estimaciones de UNICEF a las que alude el material señalan que 1 de cada 8 niñas y mujeres sufrió una violación o agresión sexual antes de los 18 años, mientras que entre varones la proporción es de 1 de cada 11. Buena parte de esas experiencias permanece silenciada porque nunca encontró un interlocutor, y sus efectos sobre la salud mental pueden extenderse durante toda la vida. A eso se suman maltratos cotidianos, negligencia y humillaciones que pocas veces quedan registrados en algún expediente.
Las plataformas digitales agregaron una dimensión nueva. Niños y adolescentes quedan expuestos a contenidos sexuales no deseados, apuestas y material que promueve conductas de riesgo. Según datos de UNICEF citados en el informe, 1 de cada 4 adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez. El uso intensivo de pantallas no es solo un hábito: en muchos casos funciona como refugio ante soledades que no tienen otro lugar adonde ir, un dato que conversé con varias directoras de escuela y que coincide con lo que describen los equipos de orientación.
Lo que muestran los números y lo que falta
- Casi 8 de cada 10 estudiantes argentinos de 15 años no alcanzaron el nivel básico en Matemática en las pruebas PISA 2025.
- Alrededor de 6 de cada 10 tampoco lo hicieron en Lectura ni en Ciencias.
- Los servicios de salud mental infantojuvenil están saturados y con tiempos de espera prolongados.
- La atención aparece fragmentada entre salud, educación y justicia, lo que deja a muchos chicos sin un acompañamiento sostenido.
- Faltan profesionales especializados en infancia y adolescencia en distintas regiones del país.
Cuando una familia logra advertir que algo está mal y pide ayuda, puede encontrarse con servicios saturados, falta de profesionales especializados y tiempos de espera que convierten una señal temprana en una urgencia. La atención suele llegar fragmentada: la escuela recibe el problema de conducta, el hospital el síntoma, la justicia la infracción. El chico, en el medio, puede perderse como persona dentro de un circuito de informes e intervenciones que no siempre dialogan entre sí.
Qué se puede hacer desde casa
Hay decisiones cotidianas que pueden marcar una diferencia mientras el sistema se reorganiza. La primera es escuchar sin apurar: dedicar un rato del día, sin pantallas de por medio, a conversar sobre cómo se siente el chico o la chica, incluso cuando la respuesta sea un monosílabo. La segunda es observar cambios sostenidos en el sueño, la alimentación, el rendimiento escolar o la presencia de marcas en el cuerpo, y no relativizarlos: si aparecen y se mantienen más de dos o tres semanas, es una señal para consultar, aunque la familia no tenga un diagnóstico claro. La tercera es evitar que la casa se convierta en otro espacio de exigencia permanente y, en lo posible, reducir la exposición a apuestas online, contenido sexual no deseado y redes sociales a edades en las que el cerebro todavía está terminando de formarse. Por último, anotar nombres, fechas y profesionales consultados sirve para que, cuando el circuito de salud, escuela o justicia se active, la historia del chico no se pierda en el camino.
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