El 20% de los ingresos familiares ya se va en pagar deudas y el consumo queda asfixiado
Un informe de la consultora Eco Go, con datos del Banco Central a junio de 2026, muestra que el servicio de la deuda pasó de absorber 12% a 20% de los ingresos en poco más de un año. La mora se quintuplicó desde fines de 2024 y ya roza los 21 millones de personas con cuotas atrasadas, en un escenario donde el crédito no bancario y la precarización laboral multiplican el riesgo.
El peso de la deuda sobre los ingresos de las familias argentinas escaló hasta un umbral que empieza a comprometer la recuperación del consumo. Según un informe de la consultora Eco Go elaborado con datos de la Central de Deudores del Banco Central al cierre de junio de 2026, los pagos de capital e intereses insumen hoy el 20% de los ingresos totales de los hogares, un salto de ocho puntos porcentuales respecto del 12% que se registraba poco más de un año atrás. Se trata, en la práctica, de un servicio de la deuda que casi duplica el peso de las tarifas de servicios públicos sobre el presupuesto familiar y que reconfiguró las prioridades de gasto en miles de hogares del país.
El consultor Sebastián Menescal, al frente de Eco Go, describió una dinámica en la que la carga financiera dejó de ser un elemento más de la canasta de pagos para convertirse en una restricción dominante. Cuando una familia debe destinar dos de cada diez pesos que genera al pago de cuotas, el margen para consumir otros bienes —alimentos, indumentaria, esparcimiento, durables— se reduce de manera mecánica y con efectos acumulativos sobre la demanda agregada. La advertencia de Menescal apunta a que la mora, por sí sola, no pone en riesgo al sistema financiero, pero sí opera como un freno silencioso y persistente sobre el nivel de actividad.
Una mora que se quintuplicó y roza los 21 millones de personas
El volumen de personas con atrasos en el pago de créditos se multiplicó por cinco desde fines de 2024 hasta mediados de 2026 y se acerca a los 21 millones de individuos. El salto refleja el cruzamiento de dos tendencias: por un lado, el encarecimiento relativo del crédito en un contexto de inflación todavía elevada y tasas reales positivas; por el otro, el deterioro de los ingresos reales de los hogares formales e informales, que licuó la capacidad de pago de cuotas que en su momento resultaban accesibles.
Eco Go segmentó el deterioro según el tipo de crédito. En el sistema bancario, los préstamos personales muestran una mora de 15,9%; los prendarios, de 7,7%; los hipotecarios, de 1,6%; y el crédito comercial otorgado bajo figura de persona humana, entre ellos el que financian cadenas de electrodomésticos, trepa hasta 27,9%. La fotografía confirma que el mayor stress se concentra en las líneas sin garantía real, donde el repago depende casi exclusivamente del flujo de ingresos del deudor.
El crédito no bancario pasó del 16% al 25% del consumo
El segmento no bancario, integrado por fintech, billeteras virtuales y plataformas de financiamiento al consumo, exhibe una mora aún más elevada: 33,3% para personas humanas, más del doble del 15,2% que registran las empresas en el mismo canal. El número de deudores no bancarios pasó de 3,5 millones a 5,3 millones en poco más de dos años, mientras que quienes acumularon deuda bancaria y no bancaria en forma simultánea crecieron de 4,7 millones a 7,6 millones, según las cifras que procesó Eco Go.
La explicación, en parte, es de orden financiero: las tasas que ofrecieron fintech y billeteras resultaron más atractivas que las de las cuentas corrientes y cajas de ahorro tradicionales para captar pesos, y eso alimentó una expansión que llevó al crédito no bancario del 16% al 25% de la participación en el financiamiento a las familias entre principios de 2024 y la actualidad. La consecuencia no deseada fue que el deterioro de los ingresos golpeó primero a los deudores más expuestos, justo los que concentran la cartera de mora más alta.
Cuando la herramienta de trabajo se paga en cuotas
El informe incorpora un factor estructural que amplifica el riesgo. En un mercado laboral donde crece el trabajo independiente, informal o por plataformas, el capital de trabajo —el auto, la moto, el celular, la maquinaria— dejó de ser responsabilidad de un empleador y pasó a recaer sobre el propio trabajador. Si el balance familiar se deteriora, también se deteriora la herramienta con la que esa persona genera ingresos, configurando un círculo donde la mora no solo consume salario sino que erosiona la capacidad futura de generarlo.
Eco Go señala que esa dinámica se acelera en un escenario con menos empleo formal asalariado y más trabajo por cuenta propia, donde la frontera entre ingreso familiar y capital productivo se volvió porosa. El fenómeno se observa con nitidez en los créditos prendarios sobre vehículos, donde la mora todavía es moderada en términos agregados —7,7%—, pero donde el costo social de un incumplimiento puede ser desproporcionado: perder el medio de transporte implica, en muchos casos, perder la fuente de trabajo.
Una descompresión lenta y selectiva
La mora comenzó a descomprimirse levemente desde marzo, con refinanciaciones caso por caso que empiezan a asomar en las estadísticas del Banco Central, aunque el stock de deudores con atrasos continúa en niveles históricamente altos. La consultora advierte que, mientras el peso del servicio de la deuda se mantenga en torno al 20% de los ingresos, la recuperación del consumo acotada y procíclica, atada a cada movimiento del salario real y de las tasas de interés. La pregunta de fondo es cuánto margen queda, en este equilibrio frágil, para que las familias vuelvan a gastar sin sacrificar el pago de sus deudas.
En lo que respecta al sistema financiero, Eco Go descarta por ahora un escenario de estrés sistémico: la mora se distribuye en miles de miles de carteras atomizadas, sin concentraciones de riesgo equivalentes a las de un portafoglio corporativo. El problema, remarcan, es otro y de naturaleza macroeconómica: cuando 21 millones de personas tienen cuotas en mora y el 20% de los ingresos familiares se evapora en intereses y capital, el mercado interno pierde densidad y la reactivación pierde tracción. La discusión de fondo, sostienen los técnicos de la consultora, dejó de ser cuánto presta la banca y pasó a ser cuánto puede pagar la gente.
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