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VIE, 16 OCT 2026
Entretenimiento

La chica de la aguja: una maternidad sitiada en blanco y negro

El filme de Magnus von Horn rescata un caso criminal real de la Copenhague de posguerra para interrogar hasta dónde puede elegir una mujer cuando no le queda nada. Trine Dyrholm compone a la inquietante Dagmar, pieza clave de un relato que incomoda y no suelta.

BV
Bruno VidelaGadgets y consumo tecnológico · · lectura 2 min
La chica de la aguja: una maternidad sitiada en blanco y negro

Otra vez el cine danés nos promete una experiencia solemne, de esas que llegan precedidas por premios y elogios en festivales. Y otra vez, la cosa funciona. La chica de la aguja, de Magnus von Horn, se anota un golazo: tomar un caso criminal real de la Copenhague de posguerra y convertirlo en un retrato descarnado de la pobreza y la maternidad sin una gota de azúcar.

La película se instala en una ciudad todavía golpeada por la Primera Guerra Mundial. Las distancias sociales son un personaje más. Una trabajadora embarazada, Karoline, no tiene margen: ni comida, ni techo firme, ni un plan. Hasta que aparece Dagmar, interpretada por Trine Dyrholm, una mujer que se ofrece a conseguir familias para bebés de madres que no pueden criarlos. Suena casi a solución. Casi.

Una confianza que se agrieta

El vínculo entre Karoline y Dagmar sostiene la primera mitad del relato con una calidez engañosa. La cámara en blanco y negro no embellece nada: los espacios son angostos, la luz cae con peso, y cada plano parece empujar a los personajes contra la pared. Cuando las dudas sobre el destino de los bebés empiezan a filtrarse, la confianza se rompe, y el suspenso se dispara.

Von Horn dosifica la información con bisturí. Nunca te entrega todo de una, y por eso uno se queda mirando la pantalla con la mandíbula tensa. Dyrholm está extraordinaria: compone a Dagmar con una tranquilidad que da miedo, la de alguien que sabe exactamente qué está haciendo mientras los demás todavía creen en la buena voluntad.

  • Rodada íntegramente en blanco y negro, decisión que refuerza la opresión del entorno.
  • Basada en un caso criminal real ocurrido en Copenhague.
  • Aborda la maternidad en condiciones de pobreza extrema como motor del conflicto.
  • Trine Dyrholm carga con el peso del relato gracias a una Dagmar inquietante y medida.
  • La puesta en escena convierte los ambientes en una trampa visual para los personajes.

El margen de elegir

La pregunta de fondo es incómoda: ¿qué puede decidir una persona cuando no le quedan recursos ni red de contención? La película no la responde con sermones. La deja flotando, y ese silencio es más elocuente que cualquier discurso.

La chica de la aguja es de esas películas que se ven una vez y se piensan varios días. No es fácil, no es amable y tampoco regala consuelo. Pero lo compro sin dudar: es cine danés en estado puro, de los que justifica cada minuto de butaca.

BV
Bruno VidelaGadgets y consumo tecnológico

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