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VIE, 16 OCT 2026
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La compra secreta que Nintendo hizo para borrar del mapa dos películas que casi nadie vio

A comienzos de los noventa, la compañía japonesa adquirió los derechos de dos parodias pornográficas de Super Mario y las archivó para siempre. La historia detrás de una estrategia de silenciamiento que recién comenzó a filtrarse dos décadas después.

MM
Marina MoralesEducación y tecnología · · lectura 3 min
La compra secreta que Nintendo hizo para borrar del mapa dos películas que casi nadie vio

En algún momento de 1993, mientras la pantalla grande masticaba el fracaso de la adaptación oficial de Super Mario Bros., un actor y director californiano llamado Buck Adams vio una oportunidad donde nadie más la había visto: rodar una versión adulta del fontanero más famoso del mundo. El proyecto se filmó en apenas un par de jornadas, con un presupuesto cercano a los veinte mil dólares, y el material terminó siendo tan largo que hubo que cortarlo en dos. Así nacieron Super Hornio Brothers y su secuela, dos cintas que hoy son leyenda precisamente porque casi nadie pudo verlas.

Según reconstruyó la prensa especializada en cine para adultos y en historia de los videojuegos, la operación fue tan silenciosa como eficaz. Tras el papelón cinematográfico que protagonizó la versión oficial —protagonizada por Bob Hoskins y dirigida por Rocky Morton y Annabel Jankel—, Nintendo decidió mover ficha y compró los derechos de ambas producciones con un único objetivo: que no circularan. La operación se mantuvo fuera del radar durante años, al punto de que muchos creyeron que las películas habían sido un mito.

Una estrategia de archivo, no de distribución

Lo que ocurrió en los despachos de Kioto no fue una adquisición convencional. De acuerdo con la información disponible, la compañía japonesa no quería revender el material, no pensaba editarlo ni pensaba lanzarlo en ningún formato: quería guardarlo. La idea era simple y, vista en retrospectiva, brutal: si nadie podía comprar legalmente las cintas, nadie podía estrenarlas, duplicarlas ni explotarlas comercialmente. La discreción era parte del plan, porque cualquier publicidad extra alrededor de las parodias solo habría amplificado el daño a la imagen de una marca ya golpeada por el fracaso de Hollywood.

El propio protagonista, Ron Jeremy, terminó confirmando públicamente lo que durante mucho tiempo fue un rumor: que los derechos pertenecen a Nintendo y que no hay forma legal de reeditarlas. Sus declaraciones llegaron después de que, en 2009, una copia parcial de Super Hornio Brothers 2: King Pooper Returns apareciera en distintos sitios de la red, con un resumen incluido de la primera entrega. La película original, en tanto, sigue sin circular de manera verificable.

  • 1993: se filman en dos días las dos entregas de Super Hornio Brothers, con un presupuesto cercano a 20.000 dólares.
  • 1993: la película oficial Super Mario Bros. fracasa en taquilla y recibe críticas muy negativas.
  • Pocos meses después del estreno: Nintendo adquiere los derechos de ambas parodias con el objetivo de archivarlas.
  • 2009: aparece en internet una copia de la segunda entrega con un resumen de la primera.
  • 2010 en adelante: Ron Jeremy confirma que los derechos son de Nintendo y que no es posible relanzarlas.
  • Actualidad: la primera película continúa sin aparecer en dominio público ni en circuitos de distribución.

Mirado desde hoy, el caso sigue siendo raro. No es habitual que una empresa de videojuegos pague por cine para adultos con el único fin de que desaparezca, y eso es lo que le da a esta historia su aire de episodio fuera de catálogo. Para mí, lo más llamativo no es el contenido de las cintas —que tampoco aporta nada que merezca ser reivindicado—, sino la lógica empresarial que las envolvió: una compañía dispuesta a gastar dinero para no ganar nada a cambio, salvo silencio.

¿Sabías que estas películas habían existido alguna vez, o la estrategia de Nintendo fue tan efectiva que te enteraste recién hoy? Si te picó la curiosidad, lo único que se puede hacer desde casa es buscar el testimonio de Ron Jeremy y las notas periodísticas que reconstruyeron el caso: las cintas en sí siguen enterradas donde la empresa decidió dejarlas hace más de tres décadas.

MM
Marina MoralesEducación y tecnología

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