La dieta nórdica y la promesa de vivir un poco más: qué dice el último estudio y cómo llevarla a la mesa argentina
Un relevamiento sobre más de 64.000 adultos suecos asoció este patrón alimentario con una reducción del riesgo de mortalidad, aunque los autores aclaran que no se trata de una prueba definitiva. Claves para entender el trabajo y opciones concretas para adaptarlo al bolsillo y a los productos de estación.
A sus 58 años, Marta miraba la etiqueta del paquete de galletitas y se preguntaba si realmente valía la pena el cambio que le había propuesto su médica. Desde el consultorio le recomendaron sumar más avena, legumbres y verduras a la semana, y dejar atrás la merienda de siempre con facturas. Marta, como tantos lectores de 40 a 60 años, necesitaba una respuesta concreta: ¿hay evidencia firme de que mover el plato sirva para algo más que para sentirse mejor? Un estudio reciente sobre la dieta nórdica le puso números a esa pregunta, aunque también le puso límites.
El trabajo fue encabezado por las universidades de Aarhus, en Dinamarca, y Upsala, en Suecia, y se apoyó en datos del Registro Nacional de Pacientes Suecos y de cuestionarios sobre hábitos alimentarios relevados entre 1997 y 2019. Analizó a 64.406 adultos de mediana y avanzada edad, con un seguimiento pensado para estimar qué habría ocurrido al sostener distintas pautas alimentarias durante 24 años.
Qué encontró el análisis
Los investigadores compararon tres escenarios hipotéticos mediante un método estadístico llamado g-computación, que simula qué habría pasado si los participantes hubieran adoptado distintas dietas. Para una adhesión estricta a la dieta nórdica saludable, el riesgo estimado de muerte por cualquier causa fue un 4 % menor que bajo las Recomendaciones Nórdicas de Nutrición de 2023. Frente a un escenario sin intervención alimentaria específica, la diferencia estimada fue del 6 %.
Esos porcentajes, sin embargo, no significan que la dieta nórdica prolongue la vida de manera directa. El estudio no fue un ensayo clínico en el que se asignara al azar a los participantes a seguir una pauta concreta durante años. Se trata de una modelización estadística, cuyos resultados dependen de supuestos como que no existan otros factores relevantes no medidos que expliquen parte de la asociación.
Además, el objetivo principal del trabajo era evaluar complicaciones hepáticas graves, y en ese punto los investigadores no observaron una reducción clara con el patrón nórdico. La promesa, entonces, aparece sobre todo en el terreno de la mortalidad general, y con cautela.
En qué consiste la dieta nórdica
- Abundantes alimentos vegetales: verduras, frutas, legumbres y cereales integrales como la avena o el centeno.
- Pescado como fuente habitual de proteína animal, en especial las especies azules.
- Grasas insaturas: aceite de canola en la versión clásica, aunque pueden reemplazarse por aceite de oliva o de girasol alto oleico.
- Frutos secos en cantidades moderadas.
- Reducción marcada de carnes procesadas, ultraprocesados, bollería industrial, bebidas azucaradas y productos con muchas grasas saturadas, como la manteca.
Qué se puede hacer desde casa
La buena noticia es que la dieta nórdica admite adaptaciones con productos locales y de estación. No hace falta importar centeno ni cazar arándanos del bosque: alcanza con resignificar lo que ya está en la verdulería del barrio. Cambiar el pan blanco por pan integral o por avena arrollada en el desayuno, sumar lentejas o porotos dos o tres veces por semana, y reemplazar el aceite común por oliva o girasol son decisiones al alcance del presupuesto. Incluir pescado cuando el bolsillo lo permita, y apostar por frutas y verduras de estación como manzanas, peras, zanahorias o remolachas, completa un esquema razonablemente fiel a la propuesta nórdica.
Como les recordé a Marta y a varios lectores en consulta con nutricionistas y en las páginas de este portal: ningún patrón alimentario reemplaza la conversación con un profesional de la salud, sobre todo cuando hay enfermedades de base o medicación crónica. Lo que sí puede afirmarse, con la prudencia que imponen los números, es que mover el plato hacia más vegetales, cereales integrales y grasas de mejor calidad es una apuesta con evidencia creciente a su favor, incluso cuando esa evidencia todavía no llega en forma de certeza.
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