La mano que sostiene: cómo el contacto físico puede calmar el miedo y la ansiedad
La neurocientífica afectiva Paula Salamone explica qué pasa en el cuerpo cuando alguien nos toma la mano, nos abraza o nos acaricia, y por qué ese gesto sencillo puede modificar nuestras respuestas al estrés.
Me acuerdo de Joaquín, un chico de diez años al que entrevisté hace algunos años en una escuela de Buenos Aires. Cada vez que tenía que leer en voz alta frente a sus compañeros, se buscaba la mano de su maestra. No era capricho: era la manera que su cuerpo había encontrado para sostenerse frente al miedo. Cuando le pregunté por qué lo hacía, me dijo, casi en un susurro, que sentir la piel de otra persona lo ayudaba a respirar. Esa imagen vuelve cada vez que aparece un estudio como el que impulsa Paula Salamone, doctora en Neurociencias A afectivas, que acaba de remarcar algo que la intuición ya sospechaba: el contacto físico puede ayudar a reducir el miedo y la ansiedad, y no como una metáfora, sino como un fenómeno que se mide en el sistema nervioso.
En una conversación reciente, Salamone repasó lo que su campo viene investigando sobre el tacto y las emociones. Según explicó, el simple hecho de tomar la mano de alguien, de abrazarlo o de acariciarlo interviene en la regulación de los estados emocionales y modifica respuestas fisiológicas asociadas al estrés. La investigadora insistió especialmente en los más chicos: cuando un niño agarra la mano de un adulto en una situación que lo asusta, se activa un circuito que ayuda a bajar la intensidad del temor. No se trata de un consuelo puramente simbólico; hay receptores en la piel, vías en la médula espinal y áreas del cerebro que procesan esa información y la conectan con sistemas que regulan la frecuencia cardíaca, la presión arterial y la tensión muscular.
Lo que pasa cuando alguien nos toca
Salamone, que dirige parte de su trabajo al estudio de cómo los estímulos sobre la piel dialogan con la actividad cerebral y con el resto del organismo, describió que una caricia o un masaje pueden inducir estados de relajación y reducir marcadores de estrés. Es decir: el efecto no se limita a la percepción subjetiva de "sentirse mejor", sino que modifica mediciones concretas del cuerpo. Por eso, en su mirada, una mano amiga no es un detalle menor del acompañamiento: es una herramienta con base biológica.
Tocarse a uno mismo no es lo mismo
La investigadora también marcó una diferencia que a veces se pasa por alto: no es lo mismo acariciarse a uno mismo que recibir el contacto de otro. Gestos como pasarse la mano por el cabello, acariciarse la barba o frotarse los brazos son formas de autocontacto que sirven para autorregular emociones, pero el cerebro distingue claramente entre esas acciones propias y los estímulos que llegan desde afuera. Esa distinción se nota, por ejemplo, en las cosquillas: si uno intenta hacérselas, anticipa dónde, cuándo y cómo vendrá el contacto, y la sorpresa se diluye; cuando las provoca otro, persiste un componente de incertidumbre que cambia la intensidad de la sensación. Las cosquillas, además, son una forma primitiva de juego y de vínculo social, y por eso mismo ilustran bien hasta qué punto el contacto es un lenguaje entre cuerpos.
La cultura también pone distancia
La cercanía física no se vive igual en todos los países, y Salamone lo comprobó en carne propia durante su trabajo de investigación en Suecia. Allí, contó, conversar con un colega a tres metros de distancia era una escena cotidiana, sin que eso implicara frialdad ni distancia emocional. Las diferencias culturales en el espacio personal, señaló, no significan que se sientan emociones distintas, sino que se expresan y se regulan de otras maneras. En sociedades más mediterráneas o latinoamericanas, el umbral de contacto es más bajo: los abrazos, los besos y las palmadas en la espalda son parte habitual de la conversación. Eso no vuelve a los suecos menos afectuosos ni a los argentinos más expresivos de lo que son; los ubica, simplemente, en modos distintos de habitar el cuerpo con los otros.
El cuerpo que se pierde y el cuerpo que se recupera
En la Argentina, Salamone integra el equipo Tango-i Lab, donde se investiga la relación entre el contacto físico y los síntomas de despersonalización, es decir, esa sensación en la que una persona siente que su cuerpo no le pertenece del todo o que lo observa desde afuera. Ese campo de estudio cobra relevancia después de los años de aislamiento por la pandemia de covid-19, cuando muchas personas vivieron una caída brusca del contacto cotidiano y empezaron a reportar, incluso tiempo después, mayor extrañeza frente al propio cuerpo. Para Salamone, se trata todavía de una pregunta de investigación abierta: no está demostrado que el aislamiento haya dejado una secuela directa en la percepción corporal, pero la hipótesis merece ser explorada con seriedad.
- Tomarse un momento del día para registrar cómo se siente el cuerpo: la mandíbula, los hombros, el pecho. Esa atención consciente ya es una forma de autocontacto que ayuda a bajar la ansiedad.
- Incluir gestos físicos sencillos en la rutina con chicos: tomarles la mano al cruzar la calle, un abrazo antes de dormir, una caricia en la espalda cuando cuenten algo que les preocupa. No son exageraciones: son reguladores emocionales.
- Si cuesta pedir o recibir contacto, probar con el autocontacto consciente: apoyar una mano sobre el pecho, frotarse suavemente los brazos, envolver la propia cara con las manos unos segundos. Son microgestos que el sistema nervioso reconoce como señales de seguridad.
- Cuidar los vínculos que ofrecen cercanía física sin invadir: preguntar antes de abrazar, respetar los umbrales de cada uno y entender que, como mostró Salamone, las distancias culturalesson distintas pero las necesidades emocionales son parecidas.
- Hablar con un profesional de la salud mental si la sensación de extrañeza frente al propio cuerpo se vuelve persistente o si el miedo y la ansiedad no ceden con los recursos cotidianos. El contacto ayuda, pero no reemplaza un tratamiento cuando hace falta.
Cierro volviendo a Joaquín y a la mano de su maestra. Cada vez que vuelvo a esa escena pienso en algo que Salamone dejó dicho y que vale la pena repetir: una mano o una caricia pueden formar parte del acompañamiento cotidiano, y a veces lo más sencillo es lo más efectivo. En un mundo que conversa cada vez más por pantallas y se toca cada vez menos, recordar que el cuerpo necesita del cuerpo ajeno no es una cursilería: es una necesidad que la ciencia empieza a describir con la misma seriedad con la que durante años describió otras.
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