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VIE, 16 OCT 2026
Entretenimiento

La memoria en tres tiempos: cuando el cine chileno se propuso contar su propia batalla

El documental de Patricio Guzmán recorre el período previo al golpe que instaló a Pinochet y recupera el pulso de la vida parlamentaria y de las asambleas obreras, en una obra emparentada con el Tercer Cine latinoamericano.

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Marina MoralesEducación y tecnología · · lectura 3 min
La memoria en tres tiempos: cuando el cine chileno se propuso contar su propia batalla

A Norma le toca explicarles a sus nietos por qué un primo suyo, unos años mayor, militaba en un partido de izquierda cuando apenas tenía veinte años. Lo hace en la mesa familiar de los domingos, en Santiago, mientras la radio queda baja y alguien pregunta qué se estaba cocinando en Chile antes de septiembre del 73. La pregunta, casi siempre, devuelve a una imagen: la de un país que discutía su futuro en dos lugares a la vez, en las bancadas del Parlamento y en las asambleas de fábrica, y que terminó roto de un día para el otro. Esa doble escena, la de las instituciones formales y la de los trabajadores organizados, es la que el documentalista chileno Patricio Guzmán eligió como materia prima de La batalla de Chile, una obra en tres partes que sigue siendo, medio siglo después, una de las lecturas cinematográficas más citadas sobre el período de la Unidad Popular y el golpe que instaló a Pinochet.

Para situar la propuesta, el primer dato de contexto es su propia estructura: se trata de un documental dividido en tres películas, tituladas La insurrección de la burguesía, El golpe de estado y El poder popular, que integran un mismo proyecto sobre el conflicto político y social que atravesaba al país. Las tres partes registran las tensiones durante el gobierno de Salvador Allende y el proceso que desembocó en la interrupción del orden institucional.

Parlamento y fábrica, dos escenas de un mismo conflicto

La cámara de Guzmán acompaña los acontecimientos mientras suceden, y no desde el pasado. Las decisiones y disputas parlamentarias comparten espacio con reuniones obreras en las que se discuten posibles cursos de acción, de modo que la película incorpora tanto los ámbitos de representación política como las instancias de organización de los trabajadores. Esa construcción le permite al espectador seguir el conflicto en distintas escalas: lo que se debate en los despachos y lo que se resuelve levantando la mano en una fábrica o en un sindicato.

El recorrido no esquiva las zonas más ásperas. Además de los enfrentamientos en torno al gobierno, registra debates acerca de cómo responder a la situación, incluidas las diferencias dentro de la propia izquierda, y culmina con la intervención militar que puso fin al gobierno de Allende. Las tres partes funcionan, así, como una misma investigación en movimiento, apoyada en observación directa y en un montaje que ordena lo registrado.

Una película emparentada con el Tercer Cine

La propuesta también se inscribe en una tradición precisa: el Tercer Cine, una corriente surgida en regiones como Latinoamérica que buscaba distanciarse de los intereses comerciales de Hollywood y desarrollar formas de producción y expresión propias. En ese marco, el documental aparece como una herramienta para registrar procesos históricos y sostener un cine de compromiso político.

En La batalla de Chile, esa relación entre cine e historia toma forma mediante el tratamiento de lo registrado: la obra reúne distintas perspectivas del conflicto y escenas de violencia con un despliegue que combina recursos cinematográficos, periodísticos y explicativos. No se trata solo de un testimonio, sino de una operación que devuelve al presente los gestos y las palabras de quienes protagonizaron esa etapa, y que invita a pensar cuánto de aquel debate sigue vivos cuando se lo mira desde hoy, y cuánto, en cambio, quedó clausurado de forma violenta.

Qué mirar en casa si la película está disponible

Para quien quiera acercarse a la obra por su cuenta, lo más útil es verla en el orden pensado por Guzmán: las tres partes funcionan como una escalada, desde los movimientos de la oposición al gobierno de Allende hasta la intervención militar, y cobran sentido vistas juntas. Una opción razonable es dedicar una noche a cada película, tomar nota de los nombres que aparecen repetidos y reparar en cómo cambia el tono de las asambleas obreras a medida que avanza el conflicto. Si no se consigue el documental, conviene al menos rastrear entrevistas a Patricio Guzmán y materiales sobre el Tercer Cine, que ayudan a entender por qué La batalla de Chile se pensó como una herramienta de registro y no como un documental expositivo al uso.

MM
Marina MoralesEducación y tecnología

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