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VIE, 16 OCT 2026
Vida

Límites con afecto: por qué decir "no" también es una forma de querer a los hijos

Especialistas en crianza sostienen que la ausencia de normas claras puede afectar la regulación emocional y la tolerancia a la frustración en la infancia. La clave, dicen, no está en dejar de poner límites sino en cómo se sostienen.

MM
Marina MoralesEducación y tecnología · · lectura 5 min
Límites con afecto: por qué decir "no" también es una forma de querer a los hijos

A Martina le costó casi dos meses entender por qué la hora de dormir era la hora de dormir. Tiene cinco años y, como tantos chicos de su edad, probó de todo para estirar la noche: un vaso de agua, un abrazo extra, la pregunta inevitable sobre el monstruo del placard. Lo que terminó haciendo la diferencia, cuenta su mamá, no fue un grito ni una puerta cerrada, sino la misma respuesta, repetida con calma y sin fisuras, una y otra vez. Hoy Martina protesta menos y duerme mejor. Esa pequeña rutina familiar es, para quienes se dedican a pensar la crianza, un ejemplo concreto de algo que muchas veces se pierde de vista: poner límites no equivale a autoritarismo, y tampoco significa dejar de acompañar.

El Ministerio de Educación de la Nación, a través de sus lineamientos sobre convivencia escolar, viene destacando la necesidad de trabajar la autoridad pedagógica desde el cuidado y el respeto, una idea que distintos equipos técnicos replican en materiales de formación docente. En la consulta privada, mientras tanto, los profesionales coinciden con ese diagnóstico y lo amplían hacia la crianza en el hogar.

Cuando el diálogo reemplaza al sostenimiento del adulto

Cada vez más familias apuestan por reemplazar las órdenes y los castigos por conversaciones. El problema aparece, según las especialistas, cuando ese diálogo se transforma en negociación permanente y el adulto termina cediendo para evitar el conflicto. Para la psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro "Infancias respetadas", hay cuestiones que se pueden conversar y otras que simplemente no están sujetas a discusión. Conversar, dice, no quita autoridad; al contrario. Lo que erosiona la autoridad es el miedo del adulto al conflicto, porque si para esquivar un berrinche se mueve el límite, el mensaje que recibe el chico se vuelve confuso.

“La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso.”Ivana Raschkovan, psicóloga infantojuvenil

La especialista distingue con claridad entre autoridad y autoritarismo. El autoritarismo, explica, es un abuso de poder; en cambio, respetar a niños y adolescentes no significa dejarlos hacer lo que quieran. El respeto, dice, se construye en el buen trato, no en la ausencia de normas. La diferencia no es un detalle: mientras una forma asfixia, la otra contiene.

Tres estilos de crianza y un punto de equilibrio

En los años sesenta, la psicóloga Diana Baumrind describió tres estilos de crianza que todavía se usan como referencia: el autoritario, con reglas rígidas y poca escucha; el permisivo, donde sobra afecto pero faltan límites; y el democrático o autoritativo, que combina normas claras con diálogo y contención. Es este último el que la mayoría de los especialistas recomiendan como punto de equilibrio, porque no renuncia a acompañar ni a sostener lo que hace falta sostener.

La psicóloga Deborah Bellota aporta una mirada complementaria: los padres permisivos suelen ser muy afectuosos, pero muchas veces no ponen límites por miedo a que el hijo se enoje con ellos. Esa dinámica puede fortalecer la autoestima, aunque también tiende a generar dificultades para autorregularse, baja tolerancia a la frustración y resistencia posterior a las figuras de autoridad.

  • El autoritarismo se caracteriza por reglas rígidas y poca escucha; el permisivo, por mucho afecto pero ausencia de normas; el democrático combina ambos mundos.
  • Los límites funcionan como aprendizaje cotidiano: ayudan a tolerar la frustración, a esperar y a entender que no todo está disponible todo el tiempo.
  • Decir "no" no alcanza: también hay que sostener ese "no" con presencia y sin violencia.
  • La negociación permanente, cuando todo se discute, suele dejar al adulto sin margen para ejercer su rol de cuidado.

Las pequeñas frustraciones que enseñan a vivir

Para Raschkovan, los límites son una forma de cuidado. La vida misma, señala, ya presenta dosis diarias de frustración: hay que ir a dormir aunque uno quiera seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas experiencias cotidianas van construyendo lo que se conoce como tolerancia a la frustración. Esa capacidad, subraya, no aparece de forma espontánea: se aprende. Y se aprende mejor cuando el "no" llega en un entorno seguro, donde el adulto no se ausenta ni se excede.

Bellota coincide y agrega que el trabajo del adulto no termina cuando dice "no": ese momento abre la puerta a algo más. Lo que sigue, dice, es tan importante como el límite en sí, porque es donde el chico aprende que la frustración no lo destruye y que el adulto sigue ahí. En esa combinación de firmeza y presencia se juega, probablemente, buena parte de la crianza de los próximos años.

Qué se puede hacer desde casa

Desde el living o desde la mesa familiar, hay gestos que ayudan a sostener esta mirada sin convertir cada situación en una pulseada. Las especialistas sugieren algunas pistas concretas, simples de aplicar y pensadas para el día a día:

  • Elegir pocas reglas claras y mantenerlas en el tiempo: la repetición con consistencia es más formativa que la cantidad de normas.
  • Explicar el porqué de cada límite con palabras accesibles, sin convertir la explicación en un sermón ni en una negociación.
  • Sostener el "no" con tono calmo: si el adulto se quiebra, el mensaje pierde fuerza.
  • Acompañar la frustración sin retirar el límite: validar lo que el chico siente, pero sin modificar la decisión.
  • Revisar el propio estilo: muchas veces el adulto repite lo que recibió de chico, y vale la pena preguntarse si eso es lo que quiere transmitir.

Criar, dicen quienes acompañan a las familias todos los días, no es elegir entre el afecto y los límites. Es aprender a sostenerlos juntos, incluso cuando al chico no le gusta. Porque en ese sostener, justamente, se transmite algo que ninguna charla puede reemplazar: la sensación de que hay alguien que cuida, que no se va y que, sobre todo, no se rinde.

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Marina MoralesEducación y tecnología

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