Luciano Floridi, el filósofo que le puso nombre a lo que estamos viviendo con la inteligencia artificial
Desde el Digital Ethics Center de la Universidad de Yale, el pensador italiano redefine qué es la IA, por qué no hay que tenerle miedo y cómo sumarla sin perder el juicio propio.
Me acuerdo de Jorge, un profesor de secundaria de Morón que hace poco me confesaba, mientras tomábamos un café, que ya no sabía qué hacer con los trabajos prácticos de sus alumnos. «Los entregan perfectos, con una ortografía impecable y unos argumentos que suenan demasiado maduros para chicos de dieciséis años. Pero cuando les pregunto en la oralidad, se desmoronan. No entienden lo que escribieron.» La escena, que parece menor, condensa a la perfección lo que viene sosteniendo desde hace años Luciano Floridi, el filósofo italiano que dirige el Digital Ethics Center de la Universidad de Yale: la inteligencia artificial no piensa, no comprende, no tiene mente. Actúa, y punto.
El dato de fondo que cruza toda su obra es éste: la IA produce efectos reales por nosotros, en lugar de nosotros y, en muchos casos, mejor que nosotros. Pero lo hace sin entendimiento ni conciencia. Lo que existe, según Floridi, es agencia artificial, es decir, sistemas que generan resultados sin la menor idea de lo que están haciendo. Y esa distinción, lejos de ser un tecnicismo, cambia por completo la pregunta que tenemos que hacernos como sociedad.
La cuarta revolución intelectual de la humanidad
Para Floridi, lo que estamos atravesando no es una moda tecnológica pasajera ni una simple actualización de software. Es la cuarta gran revolución intelectual de la historia. La primera la protagonizó Copérnico, cuando sacó a la Tierra del centro del universo. La segunda fue Darwin, que nos arrancó del centro del reino animal. La tercera, Freud, que demostró que ni siquiera mandamos en nuestra propia mente. Y la cuarta lleva el nombre de Alan Turing: ya no somos el centro de la esfera de la información. La humanidad deja de ser protagonista absoluta y empieza a concebirse, según sus palabras, al servicio del prójimo, del medio ambiente y de las generaciones futuras.
«Actúa, se comporta, aunque no tenga mente, ni entendimiento, ni conciencia. Hace cosas por nosotros, en lugar de nosotros, mejor que nosotros», resume Floridi sobre la IA. Para el filósofo, lejos de ser una derrota, esa pérdida de centralidad es una señal de madurez. No es que el centro lo ocupe ahora la tecnología: lo que cambia es la manera en que nos pensamos a nosotros mismos dentro del ecosistema digital que él bautizó como infosfera hace ya varias décadas.
Cómo integrar la IA sin perder el juicio
La conclusión práctica de todo este andamiaje filosófico es bastante concreta y la repite cada vez que puede: no tiene sentido pedir que se frene la inteligencia artificial. Lo que tiene sentido es entender qué es, incorporarla con criterio y usarla sin ceder el pensamiento crítico. La filosofía de la información, campo que el propio Floridi fundó en los años noventa, cuando casi ninguna disciplina académica se tomaba en serio el estudio de la información como objeto en sí mismo, es el marco que propone para lograrlo.
- No es inteligencia, es agencia artificial: produce efectos sin comprender lo que hace.
- Es la cuarta revolución intelectual, después de Copérnico, Darwin y Freud.
- Hay que integrarla con criterio, no frenarla.
- El pensamiento crítico humano sigue siendo irrenunciable.
- La filosofía de la información es el andamiaje conceptual para pensarla.
Desde casa, con los chicos y en las aulas, lo que queda claro después de escuchar a Floridi es que la herramienta puede hacer gran parte del trabajo mecánico, pero no puede reemplazar la conversación, la duda, la lectura reposada ni el silencio de pensar por uno mismo. Volviendo a Jorge, el docente de Morón, lo que terminó haciendo fue cambiar la consigna: les pidió a los alumnos que le llevaran el trabajo impreso y lo defendieran de manera oral, con sus propias palabras, sin pantalla de por medio. Algunos, claro, se enojaron. Otros, los que pudieron, terminaron entendiendo de qué se trataba escribir. La diferencia, sospecho, es exactamente la que Floridi viene señalando hace años: la máquina redacta, pero la comprensión sigue siendo, por ahora y para bien, un asunto estrictamente humano.
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