Saltar al contenido
San Juan ByteSan Juan Byte ⌕ Buscar
Dólar oficial $1.535,00 0,00%Dólar blue $1.555,00 +0,32%Dólar MEP $1.536,80 -0,19%Riesgo país 622 pb +1,80%
VIE, 16 OCT 2026
Vida

Por qué a veces no podemos decir que no: una habilidad que se aprende en la cuna y se puede revisar de grande

Ansiedad, resentimiento y hasta dolores que no se explican en un análisis clínico son algunos de los costos de no saber poner límites. Tampoco está exento de daños quien no tolera el no del otro. La buena noticia es que, según los especialistas, esta capacidad no es un rasgo fijo: se construye en la infancia y puede trabajarse a cualquier edad.

MM
Marina MoralesEducación y tecnología · · lectura 5 min
Por qué a veces no podemos decir que no: una habilidad que se aprende en la cuna y se puede revisar de grande

A Graciela le costó décadas entender por qué terminaba agotada. Madre de tres, docente en una escuela secundaria del conurbano bonaerense, durante años aceptó pedidos de colegas, de directivos y hasta de su propia madre sin atreverse a devolver una negativa. El cuerpo le pasó la factura antes que la cabeza: noches sin dormir, un dolor lumbar que los estudios no lograban explicar y una irritabilidad que no reconocía como propia. Recién después de varios meses en un espacio terapéutico empezó a atar cabos: lo que le pasaba tenía un origen preciso, la dificultad de decir que no, y ese aprendizaje se había hecho mucho antes, en la infancia.

Según desarrollan profesionales de la salud mental consultados sobre el tema, esa incapacidad para poner límites no es un defecto de carácter ni una debilidad moral. Se trata de un aprendizaje que empieza a formarse desde los primeros meses de vida, cuando el bebé necesita que alguien lo contenga desde afuera porque todavía no existe un adentro capaz de hacerlo solo. El pecho que no siempre está disponible en el instante justo, el no firme ante un peligro y la espera antes de la satisfacción son, vividos en su momento como pequeñas frustraciones, los ladrillos con los que se construye la diferencia entre uno mismo y el otro, entre lo que se desea y lo que la realidad permite. El límite, insisten los especialistas, no es lo contrario del amor: es una de sus formas más concretas.

Dos patrones opuestos y un punto intermedio

Cuando ese proceso no se completa como debería, aparecen dos maneras frecuentes de vincularse que son espejo una de la otra, aunque se vean muy distintas desde afuera. La primera es la de quien no puede poner límites. Suele tratarse de alguien que aprendió muy temprano que su propio deseo molesta o que decir que no pone en riesgo el vínculo. De grande, acepta lo que en el fondo no quiere, tolera situaciones que le hacen daño y se hace cargo de responsabilidades que no le corresponden. Los costos, dicen los profesionales, son tan concretos como silenciosos: cuadros de ansiedad, un resentimiento que se va acumulando capa sobre capa y un cansancio particular que ningún descanso alcanza a revertir porque no es físico sino psíquico. Con el paso del tiempo, el cuerpo suele empezar a poner los límites que la persona no se animó a poner: dolores sin una causa orgánica clara que aparezca en los estudios, insomnio persistente, síntomas difusos que se instalan justo donde la palabra no llegó.

El segundo patrón es el inverso, y no por eso menos problemático: quien no tolera el límite ajeno. Para estas personas, cualquier no ajeno se vive como una ofensa personal o como un desafío a su autoridad. Lo que desde afuera puede parecer fortaleza o seguridad en uno mismo, en realidad responde a una imagen frágil de sí que necesita confirmarse una y otra vez venciendo la resistencia del otro. Las relaciones, cuando se organizan de manera sostenida alrededor de la voluntad de una sola persona, tienden a vaciarse y a quedar reducidas a la obediencia o al conflicto permanente.

  • Patrón de quien no pone límites: ansiedad, resentimiento acumulado, cansancio que no se resuelve con descanso, dolores corporales sin causa clara e insomnio.
  • Patrón de quien no tolera los límites ajenos: vive cualquier no como ofensa o desafío, organiza los vínculos alrededor de su voluntad y desgasta las relaciones sin medirlo.
  • Zona intermedia posible: poder decir que no sin sentirse culpable por eso y poder escuchar un no ajeno sin tomarlo como una amenaza.
  • Clave para desandar lo aprendido: entender que no es un rasgo inmodificable, que se construyó en la infancia y que puede revisarse en un espacio terapéutico adecuado.

Qué se puede empezar a hacer desde casa

Entre esos dos extremos existe, sin embargo, un punto al que se puede llegar y que no es ni sumisión ni imposición: la capacidad de decir que no sin culpa y de aceptar un no ajeno sin sentirlo como una agresión. Llegar hasta ahí tiene un costo real porque supone arriesgar el vínculo con alguien de quien se depende, ya sea por afecto o por cuestiones más concretas como lo laboral o lo económico. Pero los especialistas consultados coinciden en que ese costo suele ser bastante más bajo que el de seguir sosteniendo situaciones que deterioran la salud y vacían las relaciones.

Para quienes sienten que la historia de Graciela les resulta familiar, los profesionales sugieren algunos primeros pasos que se pueden probar en la vida cotidiana antes, incluso, de llegar a una consulta. Uno es identificar las situaciones en las que uno termina diciendo que sí cuando en realidad quería decir que no, registrarlas por escrito durante algunas semanas y observar qué tienen en común: si aparecen sobre todo con desconocidos o, como le pasaba a Graciela, con la gente más cercana. Otro es practicar el no en escenarios de bajo riesgo, empezando por devolver una negativa amable a un pedido menor, y prestando atención a lo que aparece después, porque la fantasía suele ser mucho más catastrófica que la reacción real del otro. También se recomienda empezar a tolerar la incomodidad propia que genera poner un límite, asumir que va a haber algo de culpa al principio y entender que esa culpa es parte del aprendizaje, no una señal de que se está haciendo mal.

“El límite no es lo opuesto del amor; es una de sus formas. Lo más importante es que esto no es un rasgo inmodificable: se construyó en un momento y, cuando no se construyó bien, puede revisarse.”Síntesis de profesionales de la salud mental consultados

El paso siguiente, cuando los intentos caseros no alcanzan, es buscar un espacio terapéutico adecuado. No se trata de un lujo ni de un capricho: es la posibilidad de revisar, con acompañamiento profesional, un aprendizaje que se grabó mucho antes de lo que uno puede recordar. Para Graciela, que empezó a poner límites pequeños, primero con vecinos y después con su propia madre, el cambio no fue mágico ni inmediato. Pero después de un tiempo, volvió a dormir bien, el dolor lumbar se fue diluyendo y descubrió algo que la sorprendió: que decir que no, en muchos casos, no rompía los vínculos sino que los dejaba más limpios. Una forma, como dicen quienes trabajan el tema todos los días, de quererse un poco más a uno mismo para poder querer mejor a los demás.

MM
Marina MoralesEducación y tecnología

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo

Viajar en el tiempo