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VIE, 16 OCT 2026
Vida

Por qué revisamos el celular aunque no haya sonado: lo que dice un neurocientífico argentino sobre la atención familiar

El neurocientífico Fabricio Ballarini y el lingüista Juan E. Bonnin explican cómo la expectativa de una notificación mantiene la mirada fija en la pantalla y qué consecuencias tiene en la memoria, la concentración y la vida cotidiana de los adolescentes y sus familias.

MM
Marina MoralesEducación y tecnología · · lectura 5 min
Por qué revisamos el celular aunque no haya sonado: lo que dice un neurocientífico argentino sobre la atención familiar

A Daniela, profesora de lengua en una escuela secundaria de Morón, le llamó la atención lo que empezó a notar en sus aulas durante los últimos años: cada vez que proponía una actividad de escritura sostenida, varios chicos sacaban el celular del bolsillo cada pocos minutos, aunque ella les pidiera dejarlo en el sobre de la mesa. Lo que en un principio parecía un acto de desobediencia empezó a resultarle una escena más compleja: no era que los adolescentes decidieran interrumpir la clase a propósito, sino que parecían no resistir la tentación de comprobar si había llegado algo nuevo a la pantalla. Esa escena, multiplicada en miles de hogares y escuelas del país, es la que abordaron dos investigadores del CONICET en su libro (Des)Conectados, donde comparten mecanismos que explican por qué el teléfono reclama nuestra atención incluso cuando no suena, no vibra y, en definitiva, no tiene nada para mostrarnos.

La expectativa que fabrica el cerebro

Para el neurocientífico Fabricio Ballarini y el lingüista Juan E. Bonnin, la explicación empieza en un punto muy concreto: cuando nuestro cerebro anticipa que puede llegar un mensaje, una interacción en una red social o cualquier otra señal del teléfono, se pone en estado de alerta. Esa predisposición lleva a que cualquier roce de la ropa contra el bolsillo, cualquier rumor del entorno o incluso un escalofrío sin causa aparente pueda ser interpretado como una vibración del dispositivo, y entonces sale la mano, se enciende la pantalla y se comprueba si hay algo nuevo. Si no lo hay, el ciclo vuelve a empezar. Si lo hay, la recompensa refuerza el hábito y la próxima vez la urgencia de revisar será aún mayor.

Los autores describen este fenómeno como una puerta abierta permanente entre el usuario y el mundo digital: no hace falta mirar el teléfono para que el teléfono esté ocupando un lugar en nuestra cabeza. Esa presencia mental es la que termina compitiendo con lo que hacemos en el mundo físico, desde una comida en familia hasta la resolución de un problema de matemática o una charla con un amigo.

El miedo a quedar afuera

Una de las claves del planteo de Ballarini y Bonnin es el miedo a quedar afuera de las conversaciones o las actividades digitales, un fenómeno que en la literatura especializada se conoce como FOMO, por sus siglas en inglés. Para los adolescentes, explican, perder el acceso a los chats del grupo o a las novedades que comparten sus pares puede sentirse como una exclusión del propio grupo de pertenencia, y esa percepción suele ser más intensa que en los adultos, porque en esa etapa la vida social y la identidad se construyen de manera muy fuerte en los espacios digitales.

Esa preocupación, dicen los investigadores, no se queda en el plano emocional: también tiene un costo cognitivo. Estar pendientes de las novedades que pueden aparecer en la pantalla reduce los recursos atencionales disponibles para concentrarse en lo que tenemos enfrente. Los autores vinculan un mayor miedo a quedar afuera con un menor rendimiento de la memoria y de la atención, dos funciones clave para el aprendizaje y para la vida cotidiana de cualquier persona, pero sobre todo para los chicos que están en plena formación escolar.

Señales para mirar en casa

Reconocer esa dependencia, sostienen los autores, no pasa solamente por contar las veces que se desbloquea la pantalla. También importa advertir otras pistas, y los investigadores ofrecen una lista de situaciones que, según describen, suelen repetirse en los hogares:

  • La preocupación constante por perderse algo que está ocurriendo en el teléfono, aunque no haya ninguna señal de que efectivamente esté pasando algo.
  • La expectativa repetida de que llegue un mensaje o una notificación, que se traduce en revisar la pantalla sin motivo concreto.
  • Las llamadas notificaciones fantasma, es decir, la sensación de que el celular vibró o sonó cuando en verdad no llegó nada.
  • La dificultad para sostener una conversación, una comida o una actividad sin interrumpirla para mirar la pantalla.
  • El malestar o la irritación cuando se pierde la señal, se queda sin batería o, simplemente, el dispositivo queda fuera de alcance.

Los autores ubican estos hábitos en un cambio cultural más amplio: las pantallas dejaron de ser una herramienta auxiliar y se convirtieron en el lugar donde ocurren conversaciones, vínculos, búsquedas escolares y actividades de ocio. Por eso, para muchos adolescentes y también para muchos adultos, dejar el celular a un lado no se vive como guardar una herramienta, sino como ausentarse por un rato de un espacio de encuentro. Esa percepción, señalan, vuelve más difícil soltar el dispositivo sin sentir que se está perdiendo algo.

Qué se puede hacer desde casa

El planteo de Ballarini y Bonnin apunta a recuperar el valor del conocimiento, de la memoria y del pensamiento que no pasa por una pantalla, y a evitar que los dispositivos concentren todo el esfuerzo de pensar de una familia. Para eso, los investigadores sugieren empezar por algunos pasos simples que se pueden aplicar en el día a día doméstico, sin necesidad de grandes prohibiciones ni de peleas por el aparato:

  • Acordar con los chicos momentos concretos del día en los que el celular queda fuera de la mesa, por ejemplo durante la cena o mientras se hace la tarea, y explicarles por qué se hace.
  • Prestar atención al propio uso del teléfono por parte de los adultos, ya que los chicos suelen copiar los hábitos que ven en casa antes que los que se les piden con palabras.
  • Conversar en familia sobre qué cosas les generan más ansiedad de perderse y por qué, para transformar una conducta automática en un tema del que se puede hablar.
  • Reconocer las notificaciones fantasma como una señal, no como un descuido menor, y usarlas como punto de partida para preguntarse qué se está esperando del teléfono.
  • Reservar ratos de actividad compartida sin pantallas, como juegos de mesa, caminatas o lecturas, para recordar que la atención plena sobre lo que tenemos enfrente también se entrena.

La mirada que proponen los investigadores no apunta a demonizar la tecnología, sino a entender por qué el teléfono logró instalarse con tanta fuerza en la atención cotidiana y qué paga una familia cuando esa presencia se vuelve permanente. Reconocer que la pantalla reclama atención incluso cuando está en silencio es, según Ballarini y Bonnin, el primer paso para decidir, de manera consciente, cuánto lugar se le quiere dar en la vida de cada hogar.

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Marina MoralesEducación y tecnología

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