Cansancio que no se va: cuando la consulta psicológica empieza por preguntar qué se come y cómo se duerme
La psicóloga Kimberley Wilson plantea revisar la alimentación, el descanso y el movimiento como parte de la evaluación de los síntomas emocionales. Una propuesta que no reemplaza a la terapia ni a la medicación, pero que puede cambiar la conversación en el consultorio.
A Valeria le costó meses entender por qué seguía agotada. Dormía sus ocho horas, iba a terapia, tomaba la medicación que le habían indicado y, aun así, arrastraba una fatiga que no se explicaba sólo con el ánimo bajo. Fue en una nueva consulta, con una profesional que le preguntó cuánto pescado comía, si había dejado de lado las carnes rojas y cómo variaba su menú en la semana, cuando apareció una pista que hasta entonces nadie había mencionado: una anemia que su cuerpo venía arrastrando en silencio y que, según le explicaron, podía estar amplificando los síntomas que ella llevaba años relatando.
La historia de Valeria no aparece en ningún paper, pero sirve para ilustrar el planteo que viene difundiendo la psicóloga Kimberley Wilson, formada en Oxford y conocida en el Reino Unido por su trabajo en prisiones y en medios de comunicación: cuando alguien llega a una consulta con cansancio persistente, apatía, irritabilidad o ánimo bajo, la evaluación debería incluir, además de los antecedentes emocionales y el repaso de situaciones de estrés, una mirada sobre la alimentación, el descanso y el movimiento. No como un accesorio, sino como parte de la lectura clínica del cuadro.
El dato que organiza el debate es que, según la Organización Mundial de la Salud, los trastornos mentales más comunes —ansiedad y depresión— afectan a cientos de millones de personas en el mundo, y que en gran parte de los casos la respuesta clínica se concentra en psicoterapia, medicación o ambas. Wilson no propone dejar de lado ninguna de esas herramientas; lo que sugiere es sumar una capa que suele quedar afuera: revisar si hay carencias nutricionales que estén agravando el cuadro o que incluso expliquen parte de lo que la persona siente.
Qué nutrientes mirar y por qué
La especialista menciona un puñado de nutrientes con peso creciente en la investigación sobre funcionamiento cerebral: las vitaminas B3 y B12, el zinc, el selenio y los omega-3. Su razonamiento es prudente: la insuficiencia de cualquiera de estos compuestos no determina por sí misma la aparición de un trastorno mental, pero puede sumar cansancio, irritabilidad o bajo estado de ánimo a una persona que ya viene cargando otras situaciones. Por eso, sostiene, vale la pena investigar si existen déficits antes de atribuir todos los malestares sólo a lo psicológico.
- Pescados azules como sardina, salmón y caballa, fuente principal de omega-3, con al menos una porción semanal recomendada.
- Huevos, legumbres y carnes magras para cubrir vitaminas del grupo B, especialmente B12, nutriente que suele vigilarse en dietas vegetarianas y veganas.
- Frutos secos y semillas, que aportan zinc y selenio, minerales asociados a la regulación del ánimo y la respuesta al estrés.
- Suplementación siempre bajo indicación profesional, sobre todo en personas con dietas restrictivas o con síntomas persistentes que no ceden con los cambios de hábito.
Su interés por esta relación se forjó en la prisión de mujeres de Holloway, en Londres, donde trabajó como psicóloga. Allí observó que muchas internas presentaban dificultades para regular emociones y que, con frecuencia, esas dificultades convivían con carencias alimentarias. Wilson suele citar ensayos clínicos aleatorizados realizados en cárceles que vincularon la administración de ciertos micronutrientes con una disminución de episodios violentos. Ella misma aclara que esa asociación no autoriza a explicar toda la conducta de una persona a partir de su dieta, pero sí alcanza para tomar en serio la pregunta.
Qué se puede hacer desde casa
La propuesta completa no se reduce a comer mejor. La revisión que Wilson impulsa incluye también el sueño, el nivel de actividad física, el consumo de sustancias, los conflictos personales y el estrés laboral. Es decir, la misma multiplicidad de factores que cualquier profesional con experiencia suele tener en mente, pero llevada de manera explícita a la primera entrevista. La advertencia central es que los cambios de hábitos tardan meses en percibirse, por lo que la paciencia y el acompañamiento profesional resultan tan importantes como la dieta. Para quien llega a casa después de una consulta, el punto de partida puede ser tan simple como anotar lo que comió en la última semana, registrar a qué hora se acuesta y a qué hora se duerme, y anotar también cuánto se mueve en el día. Esa hoja, llevada a la próxima consulta, le da al profesional una base concreta para decidir si conviene pedir un análisis de sangre, evaluar una suplementación, mantener la terapia tal como está o ajustar algo del tratamiento. No reemplaza al especialista, pero le abre la puerta a una conversación que hasta ahora solía quedar fuera de la sala.
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