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VIE, 16 OCT 2026
Vida

La herencia de las expectativas: cuando el amor de los padres se vuelve una carga difícil de soltar

La psicóloga Cynthia Wila, autora del ensayo La culpa (Paidós), propone revisar los mandatos familiares que sobreviven a la infancia y distinguir la responsabilidad por los propios actos del reproche que se instala como voz interior.

MM
Marina MoralesEducación y tecnología · · lectura 3 min
La herencia de las expectativas: cuando el amor de los padres se vuelve una carga difícil de soltar

Camila tiene 38 años y todavía escucha, cada vez que tiene que tomar una decisión importante, la voz de su madre preguntándole si eso es lo que realmente quiere hacer con su vida. No hay gritos, no hay reproches explícitos; apenas un tono dulce, preocupado, que sin embargo instala una duda que paraliza. Esa escena, multiplicada por miles de hogares argentinos, es el punto de partida de la reflexión que la psicóloga Cynthia Wila desarrolla en su ensayo La culpa, publicado por Paidós.

El libro, que llega a las librerías en un momento de fuerte debate sobre los vínculos familiares y la salud mental, se apoya en una idea central: las expectativas que madres y padres depositan en sus hijos pueden transformarse en exigencias difíciles de satisfacer, incluso cuando se transmiten con la mejor intención. Wila, según el material de difusión de la obra, sostiene que muchas de esas aspiraciones incluyen proyectos que los propios adultos no lograron concretar y que, al trasladarse a los hijos, se vuelven una demanda imposible: cumplir con los deseos pendientes de otra persona.

La dulzura que también lastima

Una de las observaciones más potentes del ensayo es que no hace falta un grito ni una palabra hiriente para que la carga se instale. Un pedido formulado con cariño puede dejar abierta, de todos modos, la inquietud por saber qué esperan los adultos y qué habría que hacer para obtener su aprobación. Esa búsqueda constante, explica la psicóloga, es la que termina generando angustia y culpa, porque el hijo queda atado a un estándar que no controla y que, muchas veces, ni siquiera está explicitado.

“Las normas que ayudan a convivir son una cosa; los mandatos que restringen las elecciones personales son otra. Algunas exigencias quedan asociadas al miedo a perder el afecto de quienes las transmiten, y entonces las decisiones quedan condicionadas por ese temor.”Cynthia Wila, psicóloga y autora de La culpa (Paidós)

La voz que se queda para siempre

Wila advierte además que estas presiones no desaparecen necesariamente al crecer. Las voces y los juicios recibidos durante la infancia pueden incorporarse como reproches propios y operar desde adentro, en la adultez, aunque ya no haya nadie formulándolos desde afuera. Es lo que la especialista describe como un juez interno que sigue pidiendo cuentas mucho después de que los padres dejaron de pedirlas.

  • Reconocer el momento: identificar cuándo aparece la culpa y qué situación la dispara, en lugar de reaccionar en automático.
  • Distinguir el contenido del mandato: separar lo que realmente se quiere de lo que se cree que se debería querer para quedar bien con el otro.
  • Cuestionar la responsabilidad concreta: preguntarse de qué se es realmente responsable y dejar afuera los reproches heredados.
  • Habitar las propias decisiones: aceptar que elegir implica hacerse cargo del resultado, aunque no coincida con la expectativa familiar.
  • Buscar acompañamiento profesional: un espacio terapéutico puede ayudar a desarmar esas voces instaladas y a construir un propio código de valores.

Frente a ese mecanismo, la autora propone detenerse a pensar qué está pasando y examinar la responsabilidad concreta por los propios actos. El eje de su planteo, según el material de prensa distribuido por la editorial, es revisar de qué se acusa cada persona, en lugar de sostener un cuestionamiento permanente sobre sí misma. Wila aclara, además, que la influencia de la familia, la educación, la religión y la cultura varía según las experiencias de cada persona, y por eso describe recorridos individuales, atravesados por palabras, gestos y situaciones que no se pueden generalizar.

En lo cotidiano, eso puede traducirse en un ejercicio simple pero incómodo: cada vez que aparezca la culpa, detenerse y preguntarse si la exigencia que pesa viene de un deseo propio o de un mandato que se incorporó sin cuestionamiento. No se trata de dejar de querer a los padres ni de negar el afecto que pueda haber detrás de esas expectativas, sino de devolverle a cada uno la responsabilidad que le corresponde. Camila, que empezó un proceso terapéutico hace dos años, resume ese aprendizaje con una frase que a Wila le hubiera gustado escuchar: la culpa puede ser una brújula útil cuando señala algo propio, y un lastre cuando repite lo que otros quisieron para nosotros.

MM
Marina MoralesEducación y tecnología

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