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VIE, 16 OCT 2026
Turismo

La tarta de la heladera: cómo armar una comida nueva con el pollo que sobró del domingo

Reutilizar lo que ya está cocido en la nevera es una de las formas más concretas de evitar el desperdicio en la cocina. Con un par de vegetales, una tapa de masa y unos minutos de horno se puede armar una tarta que rinde como plato principal y no pide grandes esfuerzos.

JR
Josefina RiverosCiencia y universidad · · lectura 4 min
La tarta de la heladera: cómo armar una comida nueva con el pollo que sobró del domingo

A veces el domingo deja en la heladera algo más que un buen recuerdo: media pechuga a la parrilla, un cuarto de pollo al horno o los restos del guiso que no llegaron a la mesa. Antes de pensar en tirarlos o en comerlos fríos entre pan y pan, conviene recordar que esa carne ya cocida es el punto de partida para resolver otra comida completa: una tarta. La ventaja es doble, porque además del pollo se pueden ir sumando los vegetales que estén dando vueltas en la puerta de la heladera, justo esos que uno compra con buenas intenciones y después se olvidan.

El relleno se arma con lo que hay, no con lo que falta

El primer paso es revisar qué quedó. La carne puede ser de pechuga o de pata muslo, y haber sido hervida, horneada, a la parrilla o salteada: cualquiera de esas cocciones sirve como base. Después se eligen los acompañamientos. Si hay una calabaza asada y un poco de queso, la mezcla sale cremosa y se integra bien con el pollo desmenuzado, un poco como cuando uno prepara un sándwich de miga y el queso crema es lo que termina de unir todos los sabores. Si en cambio quedan granos de choclo amarillo, sumarle un poco de crema de choclo blanco le da al relleno dos texturas distintas en la misma cucharada.

La lista de vegetales que pueden entrar es más larga de lo que parece: zanahoria, espinaca, zapallito, morrón, cortados en tiras o en cubos según el tiempo que se tenga. También funcionan los purés, ya sea de berenjena, de morrón, de calabaza o de batata, como base para acompañar la carne. Para que todo quede ligado, un poco de queso rallado, un huevo o un hilo de crema alcanzan. Es, en criollo, el viejo truco de la salsa blanca de la abuela: unir, sin tapar, los sabores que ya están.

El secreto está en no dejar que el pollo se seque

Acá viene la parte que muchos pasan por alto: la carne cocida pierde humedad, sobre todo si salió del horno o de la parrilla, y por eso a veces la tarta queda con un relleno fibroso y algo aburrido. La forma de evitarlo es cortar el pollo en cubos o desmenuzarlo y saltearlo unos minutos con cebolla y morrón, que es exactamente lo mismo que uno hace cuando rehoga los restos de asado para una salsa. Si durante ese salteado se nota que la carne se está pegando o secando, un chorrito de agua, apenas unas gotas, devuelve la jugosidad sin apagar el sabor. Es el mismo principio que cuando uno le pone un poco de caldo a la sartén mientras hace un guiso: el líquido se va, pero la humedad queda.

Desde el lado de la cocina práctica, Sofía Lemos, becaria en un equipo de economía del hogar de la Universidad de Buenos Aires, lo resume con una frase que repite cada vez que termina una semana de cursada: "a mi vieja le sale siempre una tarta distinta con lo que quedó, y nunca repite la misma combinación; eso termina siendo casi un menú semanal improvisado". Esa lógica de ir vaciando la heladera es, justamente, una de las recomendaciones más firmes de los manuales de aprovechamiento de alimentos.

Masa comprada o casera, según las ganas y el tiempo

La cubierta puede resolverse con una tapa comprada y listo, pero hacerla en casa no lleva más de diez minutos y permite controlar el sabor. Una proporción que funciona bien es la de dos tazas de harina por una taza de líquido, repartida en partes iguales entre agua y aceite. Esa mezcla da una masa más bien arenosa, que se trabaja fácil y queda crocante después del horno. Es como comparar una galleta con un bizcochuelo: la textura cambia, pero las dos cumplen. Para condimentarla, bastan orégano, ajo en polvo, un poco de ají molido o unas semillas por encima, lo que haya en el cajón de las especias.

Así, entre el pollo que ya está cocido, los vegetales que esperan turno en la heladera y una masa que se amasa en un ratito, se arma una tarta que resuelve el almuerzo o la cena sin pasar por el negocio. La idea de fondo es simple: cada ingrediente que ya pagó un viaje al supermercado puede tener una segunda vida en la mesa, y a veces esa segunda vida sale hasta más rica que la primera. ¿Y eso para qué sirve? Para gastar menos, tirar menos y, de paso, volver a comer un plato que parecía ya terminado.

JR
Josefina RiverosCiencia y universidad

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